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GerardoDeRivia

De un tiempo a esta parte me encuentro a mí mismo manejando el inconfundible y arduo debate mental sobre la veracidad de aquellos que ves contigo, de todos esos, sean numerosos o reducidos, que parecen estar ahí en los momentos en los que los ojos propios no saben levantar la mirada que previamente al menos se mantenía en lo que nuestra sociedad considera, bajo un juicio como poco discutible, aceptable. Y estoy absolutamente seguro de que alguna vez habéis escuchado ya sea por labios cercanos o mensajes alejados las inconfundibles palabras que ordenadas en consecuencia crean la frase detonante de lo que bien podría ser un agitado intercambio de palabras pero que, al menos en mi caso, preferimos mantener en respuesta corta y apresurado descenso de la cabeza para evitar la continuación; la pregunta lógicamente es: ¿ Y tú le coges tanto cariño a un personaje de un juego como a la gente real?



Si jamás os habéis visto en la tesitura de responder a una cuestión semejante o idéntica, puedes salir de este artículo (PARA VISITAR CUALQUIER OTRO DE LOS ASOMBROSOS TEXTOS QUE HAY EN MI WEB) y dejar en simples desvaríos de este humilde intento de redactor este conjunto de vocablos que con dificultad consigo articular en algo que difícilmente podríamos llamar artículo. Pero en definitiva lo que podemos responder de forma más cómoda es un sólido y tajante, aseguraos de que así sea para evitar la contestación inmediata a vuestro monosílabo escogido, NO, algo que deja en la otra cabeza ese pensamiento de ''es un friki pero al menos no está loco''. Esto, amigos, es algo debatible, y es que lógicamente ni todas las personas ni todos los susodichos personajes se incluyen, pero a pesar de eso creo que es algo innegociable incluso para aquel que tiene por vida social saludar a la mascota en cuestión del sujeto, que los lazos afectivos se pueden atar como feroces hiedras a un ser de carne y hueso (no necesariamente en partes equitativas, hete aquí un servidor), de la misma forma que simplemente se desharían en finos hierbajos para desenredarse y desenvolverse con gracia y belleza en una tarde otoñal acabando, por supuesto, arrastrados por el empedrado en lo que a un personaje virtual se refiere. Pero de nuevo la pregunta es ambigua y el desenlace de la conversación poco menos que atropellado; así que sí, tengo un hueco inmensamente más profundo en mi horadado corazón para Papyrus o Sans que para la vecina del segundo que veo cada día y con la que comparto una deliciosa conversación basada en cuatro letras que en un contexto determinado significan ''tengo prisa y me importas poco'', en efecto, el resultado es un poético ''hola''. Esto no es en absoluto incompatible con poder confiar en absoluto en determinadas personas, al menos en mi caso; por supuesto que podemos amar a un personaje virtual, no dudemos ni un segundo que al fin y al cabo son personas, como tú, querido lector, y yo, obeso comentarista, los que dan voz, forma y vida a esos puñados de píxeles a los que honramos llamando PERSONAJES.

¿Tiene menos valor la hermosa relación de Yorda e Ico que la imperiosa necesidad de los personajes pertenecientes a la prensa más valorada de este país de mantener relaciones esporádicas con el vigésimo noveno de intento de princesa del pueblo? ¿Acaso debo sentir algo eminentemente más profundo cuando veo a esos adorables caballeros que se acomodan en un banco en el momento en el que sol se ha puesto para que todos podamos oler su amistad y ver el núcleo de su lacrimógena relación con forma de trofeo y dos boquillas para aspirar la máxima cantidad de felicidad en detrimento del compañerismo inherente al enorme Garrus o al soberbio Mordin?



El vínculo afectivo es algo ya no sólo personal e intransferible, es único y por suerte irrepetible, y es que al igual que ocurre con los mejores amigos que hemos ido conociendo y desentrañando en este medio o en cualquiera que deseéis, si todos fuesen de una profundidad semejante o tan solo comparable al grado que tan fácilmente atribuyen muchos periodistas, de memorable, quizá todos seríamos más exigentes; pero me atrevo a catalogar de insulso o estúpido tal calificativo si la norma general fuese de la excelencia que predicamos en momentos muy concretos. No todos pueden tener el carisma de mi amado Solaire, pero es ahí donde entra el maravilloso mundo de las preferencias, en el que todos podemos ser críticos de cine sin necesidad de un contrato que lo pruebe, o unos estudios medios que nos denoten como aptos; cualquiera puede leer o escuchar la opinión de alguien como yo, este es el terrible mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir.

Al fin y al cabo los sentimientos están tan ligados al ser humano como la guerra o la criminalidad de quien se esconde tras un alto cargo, puesto que no quiero entrar en un debate moralista o político iré dejando en leves pinceladas el resumen de este texto de dudosa calidad. Al igual que la autocrítica más feroz o la extrema autocomplacencia, el cariño que cualquiera de nosotros podemos tener para con cualquier individuo nacido de la pluma de algún fantástico guionista está repleto de matices, ¿Está realmente bien escrito aquel personaje o es que me llena de forma personal por el profundo significado que tiene en mí?, esta es una de las preguntas que podeis formularos, pero no pretendo aburriros más de lo que ya he hecho. ¿Un personaje puede quedarse en nuestras retinas y deslizarse suavemente por nuestro organismo para llegar a presionar esa tecla cuya respuesta llamamos cariño?, rotundamente sí, ¿Puede sustituir la relación que establecemos en una obra con un integrante de su mundo con la de quien puede abrazarnos y decirnos con una cálida y reconfortante voz, estoy contigo? rotundamente no.


Editado por GerardoDeRivia

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